Published 2024-12-12
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Copyright (c) 2024 Walter Ledermann Dehnhardt

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Abstract
En 1971, estando en Tashkent, capital de la República de Uzbekistán, en un seminario de la OMS, fuimos varios médicos del tercer mundo a conocer la célebre ciudad de Samarkanda, que sus habitantes estiman la más antigua del mundo (2.700 años), si bien ha sido destruida y reconstruida al menos un par de veces, y volamos en un avioncito sobre el temible desierto de Kyzil Kum (donde se habían caído dos máquinas el más anterior), en cuya cabina los viajeros colocaban en las rejillas canastas con gallinas, sandías y melones.
Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad en el 2001, y fue inscrita como “ Encrucijada de culturas”. En medio de la ruta de la seda, era el cruce obligado de las caravanas que iban de oriente a occidente y de norte a sur: capturada por Tamerlán el Hierro (o Timur el Cojo, 1336-1405), a quien H.G. Wells hace descender de Gengis Khan, fue la capital de su imperio de ocho millones de km2 en Europa y Asia, casi la superficie de China. La parte “moderna” de la ciudad carece de atractivo, pero la milenaria, aunque en ruinas, provoca una emoción inolvidable, con sus cúpulas en forma de cebolla, recubierta de miles y miles de placas azules de mosaico, los salones de sus palacios, sus templos y su escuela de medicina, decorados con arabescos increíbles incrustados por brillantes gemas, las macizas puertas de madera talladas con antiguas inscripciones. El visitante, si tiene alma, imagina, abstraído, ver allí los miles de hombres que las levantaron y aquéllos para quienes fueron construidas; y queda abrumado por la impresión causada por la grandeza de un pretérito para siempre olvidado y por el irreparable desgaste de las edades, que se acentúa al llegar a la más ruinosa de todas edificaciones, la que está junto al mercado rebosante de sandías y melones, cuyas murallas se caen en pedazos. Suele soplar un viento impetuoso, que arrastra nubes de polvo entre las solitarias construcciones, aumentando la desolación: es el simún del desierto.
Pero la cumbre de todo, lo indescriptible, es la tumba de Tamerlán, Gur-e Amir cuya sobria y magnífica nobleza hace palidecer a la de Napoleón en Les invalides. La construcción es de gran interés histórico, pues se la considera precursora nada menos que del famoso Taj-Mahal en Agra, India. Fue iniciada en 1403 tras la muerte de Muhamad, heredero y nieto de Tamerlán, y es la tumba de éste y de sus hijos Shahruj y Miran Shah, su nieto Ulugh, Muhammad y el maestro del héroe, Mir Said Baraka. Es todo un complejo de edificios, caracterizado por la típica cúpula en bulbo persa, que aquí es azul intenso, con 15 metros de diámetro y 12 de altura, pero del resto quedan apenas los cimientos de la madrasa (escuela), la entrada y parte de uno de los cuatro minaretes (Figura 1). El ataúd de piedra negra está recubierto por una placa de jade y en su lápida está escrita una amenaza «Si yo me levantase de mi tumba, el mundo entero temblaría» (Figura 2).
Como falleciera por enfermedad camino a China, la leyenda dice que fue incinerado, pero la verdad es que su cadáver fue transportado a Samarcanda a una cripta provisoria, mientras se terminaba el mausoleo de Gur-e Amir, como lo demostrara en 1941 al arqueólogo ruso Mijaíl Guerásimov al exhumar el cadáver y examinar sus huesos, confirmando que era cojo, medía 1,72 m… ¡y era pelirrojo!